17 de mayo: Concientizar sobre la violencia obstétrica y neonatal

Cuando nacer y parir también puede doler por el modo en que fuimos tratadas

Cada 17 de mayo se visibiliza una realidad que durante mucho tiempo permaneció silenciada: la violencia obstétrica y neonatal. Una forma de violencia muchas veces naturalizada, minimizada o incluso invisibilizada dentro de los sistemas de salud, pero que deja marcas profundas en quienes la atraviesan.

Hablar de violencia obstétrica no es “estar en contra” de los profesionales de la salud ni desconocer la complejidad del trabajo sanitario. Es poder abrir una conversación necesaria sobre prácticas, vínculos y modos de atención que pueden dañar física, emocional y psíquicamente a las personas gestantes, a los bebés y a las familias.

La violencia obstétrica ocurre cuando se pierde la dimensión humana del nacimiento. Cuando el cuerpo deja de ser escuchado y pasa a ser controlado. Cuando las decisiones se toman sin consentimiento, cuando se infantiliza, se humilla, se ignora el dolor, se medicaliza innecesariamente o se ejerce poder sobre alguien que se encuentra en una situación de enorme vulnerabilidad.

Pero también existe la violencia neonatal. Y de ella se habla mucho menos.

Sucede cuando los recién nacidos son tratados como objetos médicos y no como sujetos sensibles. Cuando se interrumpe el contacto con sus madres sin necesidad clínica, cuando se deshumaniza el cuidado, cuando el sufrimiento del bebé es negado porque “todavía no entiende”, cuando se separa, se invade o se interviene sin contemplar el impacto emocional y vincular de esas experiencias tempranas.

Sabemos hoy, desde la neurobiología y la psicología perinatal, que el nacimiento no es un evento meramente físico. Es una experiencia profundamente corporal, emocional y relacional. El modo en que nacemos y somos recibidos importa. El modo en que una mujer es acompañada durante el parto importa. El modo en que se sostiene —o no— a una familia en uno de los momentos más trascendentales de la vida, deja huellas.

Muchas personas salen de una sala de parto con un bebé en brazos y un trauma en el cuerpo.

Y eso cuesta decirlo.

Porque socialmente pareciera existir una prohibición implícita: “si el bebé está bien, deberías estar agradecida”. Como si la supervivencia invalidara el sufrimiento. Como si el dolor emocional no tuviera legitimidad. Como si una madre no pudiera sentirse violentada porque “todo terminó bien”.

Pero no siempre termina bien por dentro.

Hay mujeres que recuerdan sus partos con miedo, con angustia, con sensación de soledad o desamparo. Hay cuerpos que quedan hipervigilantes. Hay dificultades para vincularse, para dormir, para confiar nuevamente en el sistema de salud o incluso en sí mismas. Hay duelos invisibles alrededor del nacimiento que nadie nombra.

Lo que no se nombra, la depresión post parto, muchas veces producto del maltrato o la deshumanización recibido del sistema sanitario.

Y también están las familias que atravesaron internaciones neonatales, pérdidas gestacionales o muertes perinatales dentro de contextos profundamente deshumanizados. Familias que no solo cargan con el dolor de la pérdida, sino también con el recuerdo de cómo fueron tratadas en sus momentos más frágiles.

Concientizar sobre violencia obstétrica y neonatal implica comprender que el respeto también es una intervención sanitaria.

Respetar no significa dejar de cuidar.
Humanizar no significa abandonar la ciencia.
Escuchar no debilita la práctica médica.
Al contrario: la vuelve más ética, más segura y más humana.

Necesitamos sistemas de salud que integren conocimiento científico con sensibilidad humana. Profesionales formados no solo técnicamente, sino también emocionalmente. Espacios donde el consentimiento informado sea real, donde las decisiones puedan dialogarse, donde el dolor psíquico tenga lugar y donde el nacimiento sea entendido como un acontecimiento profundamente humano y no únicamente biológico.

La OMS afirma que la VO es una forma de violencia de género y la mayor fuente de estrés post traumático en los nacimientos con o sin vida.

Porque traer vida al mundo nunca debería implicar perder dignidad.

Y porque sanar también empieza cuando aquello que fue silenciado, finalmente, puede nombrarse.

Hoy acompañamos desde la Campaña Nacional contra la Violencia Obstétrica y Neonatal, por más Observatorios (OVO) que garanticen el cumplimiento de las leyes.

EL RESPETO TAMBIÉN ES INTERVENCIÓN

Lic. María Andrea García Medina

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