Testimoniando…

Ya era madre de 3 niñes cuando me enteré de que estaba nuevamente embarazada. La más pequeña aún tomaba teta, y los caminos que habíamos elegido con mi compañero nos habían desgastado muchísimo.

La pareja no estaba funcionando y yo estaba muy triste y me sentía muy cansada físicamente (estaba anémica, de hecho). Sincera y profundamente sentía que no podía más.

Que no podía cuidar a otra criatura, ni amamantar. La decisión fue tomada sin muchas vueltas, porque al papá le pasaba lo mismo. Y entonces llamamos a la partera que nos había acompañado en los partos domiciliarios.

 Ella nos guió con el procedimiento y me dijo : “vas a tener contracciones y » parir «.

Parir a un embrión sin vida. Nunca en mi vida lloré tanto como en todo ese tiempo. Desde que la escuché a ella, hasta que finalmente sucedió lo que ella me había anunciado.

Y varios meses después. Y ahora que escribo. Y cada tanto cuando lo comparto con alguien o lo recuerdo.

Fue mi encuentro más cercano e íntimo con la muerte. Fue una decisión mía de la que no me arrepiento, pero que tiene un gran costo emocional que nos tocó y nos toca asumir.

Hubo que esperar unas semanas para tomar las pastillas, así que conviví con todos los síntomas de embarazo y de sentir que mi cuerpo estaba preparándose a nutrir y gestar una vida….pero sabiendo que eso no iba a suceder. Que iba a ser interrumpido ese proceso vital biológico.

 Me ayudó tanto conectarme con esa almita que había decidió entrar en mi cuerpo… Explicarle. Contarle que iba a estar siempre presente en mí y en nuestra familia y corazón, pero que no podía hacer otra cosa en ese momento.

Me ayudó sentir que esa almita había venido a mostrarme mi límite: sabiendo que no iba a nacer y sirviendo a nuestro camino de ese modo, mostrando un límite. Como un grito de basta!!!! Tenes que cuidarte !!!!! …. Así me calmó sentirlo…integrarlo.

Le prometí a ese ser que iba a poner toda esa energía que implica nutrir y cuidar, en mi misma. Porque me estaba necesitando mucho a mí.

Y entonces así, tanto dolor tuvo para mí un sentido.

Honraría esa vida que no nació, haciendo algo bueno con la mía. Tomando decisiones que venía postergando y ocupándome de recuperar mi vitalidad y alegría.

Muchas veces veía en mi cabeza en los meses siguientes, una foto familiar en la que ese ser que no había nacido, era como una mancha gris nebulosa. Me daba tanta tristeza sentir que no iba a poder conocer su rostro, su sonrisa, su energía. Que no iba a abrazarlo jamás.

Es una decisión tan irrevocable!!!

Realmente de esas en que te das cuenta que hay cosas que » no tienen vuelta atrás «. Me sigue doliendo. Sin embargo, sigo creyendo que fue lo que tenía que hacer…o al menos aceptando que así fue. Hice lo que pude. Lo que sentí. Lo hice con el corazón, con conciencia.

Y lo sigo elaborando…. Y recordando siempre!!!

El embrión lo enterramos bajo un árbol de hermosas flores. Me resultaba, y aún me sucede, muy difícil de nombrar: embrión ? feto ? bebé ? hijo ? ser ? Es como si ninguna palabra fuera la correcta. Y a la vez las palabras ayudan tanto a elaborar…por eso aquí estoy escribiendo.

Cuando recuerdo todo esto, renuevo en mi interior el compromiso que asumí con ese hijo que no nació, pero está presente: cuidarme a mí misma, parirme a mí misma. Tenerme, para poder compartirme y dar lo que tengo para dar.

De algún modo, yo sé que está acompañándome. Y le agradezco tanto.

Marie

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