No nos despedimos, cuando los duelos no se realizan.

Nuestra primera muerte es biológica.
Nuestro corazón se detiene.
Nuestro cerebro entrega las armas.
Nuestra alma emprende el viaje.
Nuestros omóplatos se despliegan y retomamos el vuelo.

Luego viene nuestra segunda muerte,
más o menos rápidamente,
en el momento en que ya nadie piensa en nosotros.
La tumba ya no tiene flores,
las malas hierbas invaden progresivamente nuestra “suite”.

Sola y durante largos años,
grabada en el mármol,
se queda nuestra identidad de inquilino terrestre:
nuestro nombre, nuestro apellido,
nuestra fecha de nacimiento y la de nuestra partida.

A veces, antes de este olvido definitivo,
las personas afectadas por nuestro fallecimiento
demasiado prematuro o fuente de sufrimiento,
Guardan nuestra memoria ayudados por una fecha, un nombre.
Nuestra memoria, en espera, seguirá ligada a la tierra.

Luego, un niño nace.
Y quizás, sin saberlo, ¡posee una parte de esta memoria!
En ese caso, a pesar de nosotros, viviremos todavía,
por intermedio de su cuerpo, de su voz y de su pensamiento.
Para el clan, tranquilizado, el relevo está asegurado…

Salomon Sellam                                         

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