Testimonio de Belem, gracias por tu hermosa sensibilidad.

La mejor historia que hoy puedo contar
«Yo era muy pendeja. No estaba enamorada, pero teníamos muy buena conexión sexual. Nos fuimos juntos a Chile y durante ese viaje, mi vida cambió. Mi sensibilidad y percepción aumentaron tanto en contacto con la montaña, con el bosque, la gente y las estrellas que en un momento, mi ser no quiso que él entrara más. Me sentía preparada para estar con mi energía. Ese día él me forzó a hacerlo igual. Me apretó los brazos y al entrar en mi cuerpo sentí cómo me quemaba por dentro. 
Una semana después, nos fuimos juntos a una montaña. Nos recibió una familia. Mi ciclo se había atrasado dos semanas y sin embargo, yo me sentía seca por dentro. Estaba aterrada. No quería ser mamá, no así. No con él. 
El padre de la familia que nos recibió me supo ver y al escucharme me dijo que me sentara a recordar mis primeras menstruaciones. Así lo hice. Yo confiaba en él y en la montaña. Apreté un algodón con cada mano, cerré mis ojos y me puse a recordar. 
Pero fui tan lejos navegando por mis recuerdos que  resignifiqué  el sentido mismo de mi existencia: agradecí hasta las lágrimas haber nacido en cuerpo de mujer. Percibí la inmensidad de mis ciclos, de mi naturaleza, acompañada por tres abejas. Cada una se posó sobre cada párpado y la otra, sobre la boca. (Mucho tiempo después entendí que habían creado un triángulo invertido sobre mi cara, que precisamente es «lo femenino» en cábala). Estuve horas recordándome a mí misma en esa montaña y tomando Decisiones sobre cómo me iba a parar de ahí en más en la vida. Hasta que sentí que ya podía dejar de recordar. Fue entonces, cuando me dieron ganas de hacer pis y me vino. Y las tres abejas se fueron a mi sangre. 
Fue tanta la alegría que experimenté en ese momento, tanto el alivio de no estar embarazada, que corrí incluso a contarle al que era mi pareja y lo abracé. No me importaba más nada. Recuerdo que sentí que, en ese momento, me daban otra oportunidad: volver a los ciclos para seguir madurando antes de vivir la experiencia de ser mamá. Fue tanta la euforia de ese momento que no registré el mensaje de la naturaleza: tres abejas en mi sangre. 
Luego de algunas semanas nos separamos oficialmente. Me fui de aquella montaña, feliz con mi ciclo, sin novio y llegué a lo de una amiga. Ella fue mi ángel guardián en ese momento. Me enseñó a cocinar barritas de cereal caseras y las vendíamos. Cantábamos juntas en los colectivos y vendíamos sándwiches a la salida de las universidades. Me mantuve un mes entero activa, sin pensar, sin sentir. Ahorré plata y me volví a Argentina, a lo de mis papás. Pese a que había estado viviendo de frutas y ayunando mucho, volví con mucho peso de más. Las caderas más anchas, los pechos hinchados. Muchísima tristeza. No pude salir de mi casa durante casi un año. Fue el año más triste de mi vida.
Supe meses después que él fue papá. Que yo había contraído un herpes. Gracias a un profundo trabajo interno, y al amor de mi familia, volví poco a poco a mi peso. Dejé de llorar y volví a cantar.
Un año después, me hice muy amiga de una chica que casualmente había perdido un bebé. Fue precisamente durante una noche en que yo estaba regando los almácigos que tenía en la cocina cuando escuché una voz: «Cuando estés lista, yo voy a llegar». Supe que se trataba de mi hija. Lo supe. Ella me eligió y me está observando mientras maduro desde otro lugar. 
Han pasado tres años ya desde mi viaje a las montañas. Ayer supe que en ese momento en que volvió mi ciclo sucedió algo mucho más sagrado de lo que yo pude entender en ese momento. 
No es que «me dieron» otra oportunidad. NOS DIMOS, mi bebé y yo, el mejor momento para conocernos en esta vida. Cuando yo me puse a bucear en mí misma, me comprometí a relacionarme con mi energía sexual pero más importante: con mi propia vida con Responsabilidad y Consciencia. Yo no sabía si el óvulo había sido fecundado o no, ( no tenía ningún test de embarazo a mano en la montaña). Lo único que tuve en ese momento fue mi compromiso con la vida y ese ser me vio y pese a que desde lo físico, el óvulo Sí había sido fecundado, no bajó. No encarnó. Vio que yo no estaba lista. 
Mi cuerpo físico tardó en volver a ser el que era antes de la fecundación, fue como las flores que demoran en marchitarse luego de ser arrancadas. Esa menstruación que bajó desde mí en esa montaña fue el gesto de amor más grande que tuvo ese ser por mí. El tres es el hijo. Las abejas son la fecundidad. Fue la forma en la que quiso que yo entendiera. Ayer lo vi. Y como si no fuera suficiente, un año después me habló nuevamente para decirme: «Cuando estés lista, yo llego». 
Ayer, luego de más de tres años, supe con claridad lo que pasó. Primero, sentí muchísima tristeza porque creí que ese ser y yo nos habíamos perdido la oportunidad de conocernos y estar juntos en esta vida. Creí que lo había perdido. 
Pero luego, comprendí que aún me espera. Que aún estamos para encontrarnos. Ese es el colibrí que pinté «sin darme cuenta». Y ese colibrí me ama tanto que incluso tejió la forma para que yo volviera a encontrarme con mi familia, para que me volviera más sensible, más agradecida, más valiente, más humana. 
E incluso puedo afirmar que ese ser ya eligió también a quién será, algún día, su papá, lo puedo decir porque cada vez que veo a ese hombre algo en mi alma se agita. Oigo las alas del colibrí. «¡Es él!» Y yo contesto: «Si ya sé, pero ¿te acoradas que quedamos en que no íbamos a apurar nada?» Y el colibrí se calma. 
Esta experiencia es, por lejos, la prueba más contundente que tengo acerca del plan perfecto que tienen las almas. 
Hoy vuelvo a celebrar mi existencia y honro la trama de la vida. Doy gracias a todos los pasos que me precedieron, porque me llevan a estar acá. 
Doy gracias a todos los pasos que dio la humanidad porque permanezco fiel a mis pasos».

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