Durante el embarazo, el cerebro de la persona gestante experimenta una profunda reorganización neurológica impulsada por hormonas como la oxitocina y la dopamina, preparándose para el cuidado y el vínculo con el bebé.
Este proceso denominado «matrescencia» es el proceso integral de transformación que vive la persona gestante, al convertirse en madre, abarcando cambios físicos, hormonales, psicológicos, sociales y cerebrales, desde el embarazo hasta el posparto y puerperio, acuñado por la antropóloga Dana Raphael.
A través de la «fetocepción» (la capacidad de detectar e integrar los movimientos y señales del feto), el cerebro construye un modelo predictivo y una representación neuronal sólida del hijo, acostumbrándose a esperar y reaccionar ante estos estímulos sensoriales.
Cuando ocurre la muerte perinatal, se produce una dolorosa incongruencia biológica: el cuerpo y el cerebro están programados para el encuentro, pero se enfrentan a una ausencia radical.
Al no recibir las señales sensoriales esperadas del bebé, el cerebro activa el sistema de alarma ya que se produce una búsqueda sensorial del recién nacido y no se encuentran los estímulos correspondientes.
El sistema nervioso busca desesperadamente el contacto y la recompensa neuroquímica que ya no están disponibles, lo cual genera un estado de hipervigilancia y anhelo que puede manifestarse, incluso, a través de percepciones fantasma (como sentir patadas en el útero, oler al bebé o escuchar su llanto).
El cerebro se resiste a actualizar su modelo interno de que el bebé ha muerto porque el error de predicción (la ausencia de movimiento real) es demasiado doloroso. El sistema nervioso no reconoce inmediatamente la interrupción de la vida, la programación biológica de la gestación sigue activa, aún después del fallecimiento.
En este contexto neurobiológico y fenomenológico, el contacto físico y visual con el cuerpo sin vida del bebé resulta fundamental para dar respuesta a esta búsqueda sensorial por tres razones principales:
- Proporciona un «cierre perceptivo»: El cerebro no es un receptor pasivo; necesita evidencia sensorial real (como la inmovilidad, el silencio y la frialdad del cuerpo) para poder actualizar sus modelos predictivos y aceptar la realidad de la muerte.
- Ver, tocar, oler y abrazar el cuerpo ayuda a tener la certeza del fallecimiento, lo que reduce la probabilidad de que el cerebro siga generando dolorosas sensaciones fantasma en el futuro.
- Regula el sistema nervioso (Activación del tono vagal): El contacto físico con el bebé fallecido, como la práctica del contacto piel con piel, puede propiciar una liberación final de oxitocina. Esta respuesta hormonal ayuda a calmar la masiva activación del sistema simpático, reduce el estado de shock inicial y facilita una despedida mucho más serena.
- Genera «datos» sensoriales para la elaboración de recuerdos: El cerebro necesita registrar memorias sensoriales reales (reconocer cómo era el rostro de su hijo, sentir cuánto pesaba en sus brazos o acariciar su piel) para poder procesar la existencia del bebé. Sin estos anclajes físicos, la pérdida se vuelve abstracta y el duelo es casi imposible de elaborar. Las acciones de vestir, lavar o sostener al bebé actúan como evidencia de su existencia, contrarrestando la negación social y previniendo el «duelo desautorizado».
Por lo tanto, facilitar y apoyar el contacto con el cuerpo sin vida del bebé trasciende el simple acto simbólico; es una intervención neurobiológica y médica de alto valor tanto para la integración del momento presente y la muerte, como para el sostén posterior del proceso de duelo y revinculación.
Permite que el sistema nervioso de la persona gestante concluya su ciclo de búsqueda sensorial, integre de manera tangible y amorosa la pérdida, y prevenga el desarrollo de duelos complejos o estrés postraumático a largo plazo.
Es imprescindible hacer llegar esta información a los colegas, al personal de salud del sistema sanitario, y fundamentalmente a las personas gestantes que atraviesan estos procesos.
Hoy gracias a las investigaciones y trabajos presentados, al avance de las neurociencias, podemos fundamentar lo que veníamos intentando mostrar a través de los relatos y testimonios todos estos años.
Estamos frente a una temática aún infravalorada y silenciada que deseamos jerarquizar como un tema de salud pública.
Lic. María Andrea García Medina.
Tamara Costanzo Fotógrafa especializada en duelo perinatal.
Reflexión realizada a partir de 10 fuentes de investigación, proporcionados por la IA NotebookLM.